El paradigma global que combina el éxito económico con el triple impacto, económico, social y ambiental positivo gana terreno en el agro.
Referentes de las Empresas B confirman que, por demanda del mercado y gestión de riesgos, cada vez más productores implementan soluciones sostenibles.
La vieja disyuntiva entre producir y conservar, entre rentabilidad económica y sostenibilidad socioambiental, comienza a desdibujarse en el sector más dinámico de Argentina.
En un contexto global que exige responsabilidad y trazabilidad, el campo argentino no se queda atrás y ve crecer un modelo de negocios que, hasta hace poco, parecía utópico: aquel que es rentable precisamente porque es sostenible.
Esta transformación, que se alinea con tendencias mundiales, está siendo documentada y promovida por actores clave del sector. Según afirman referentes del movimiento de Empresas B —aquellas compañías que se comprometen por estatuto a generar un impacto positivo—, son cada vez más los productores agropecuarios que, por diferentes motivos, empiezan a aplicar soluciones más sostenibles en sus operaciones.
Este viraje deja de ser una simple declaración de buenas intenciones para convertirse en una estrategia de negocio fundamental.
Los motores del cambio: ¿Por qué ahora?
El auge de la sostenibilidad en el agro no responde a un único factor, sino a una confluencia de presiones y oportunidades.
En primer lugar, la demanda del mercado ha cambiado. Los consumidores, tanto en Argentina como en los exigentes mercados de exportación, ya no solo compran un producto, sino también la historia detrás de él.
Exigen saber cómo se produjo, qué impacto tuvo en el ecosistema y si se respetaron condiciones laborales justas. Las certificaciones orgánicas, regenerativas o de comercio justo han pasado de ser un nicho a ser un pasaporte de acceso a mercados de alto valor.
En segundo lugar, aparece la gestión de riesgos. Los productores son los primeros en experimentar los efectos de la crisis climática: sequías más intensas, inundaciones inesperadas y degradación del suelo.
El triple impacto, la sostenibilidad, en este contexto, es sinónimo de resiliencia. Prácticas como la agricultura regenerativa o la siembra directa no solo capturan carbono, sino que mejoran la estructura del suelo, aumentan su capacidad de retener agua y reducen la dependencia de insumos externos (y costosos) como fertilizantes químicos.
Finalmente, hay un factor de financiamiento. A nivel global, crecen los llamados «bonos verdes» o líneas de crédito blandas destinadas específicamente a proyectos que demuestran el triple impacto con impacto ambiental positivo, abriendo una nueva puerta de capital para quienes deciden hacer la transición.
Aporte tecnológico en Agro Sustentable de Sistema B
«La tecnología está en el corazón de nuestro modelo de trabajo que nos permite transformar la forma de producir en el campo, potenciando la productividad sin comprometer los recursos naturales«, declaró Joaquín Basanta de Agro Sustentable para Noticias Ambientales.
«Contamos con un laboratorio de Investigación y Desarrollo en nuestra planta, donde un equipo de profesionales trabaja en la formulación y mejora constante de nuestros bioinsumos. Este espacio nos permite combinar ciencia, tecnología y conocimiento agronómico para responder a las necesidades específicas de los productores«.
«Un ejemplo más concreto de nuestra apuesta tecnológica, es el uso de drones. No solo ofrecemos bioinsumos sino que además brindamos el servicio de aplicación del producto con drones agrícolas. Con esta tecnología, garantizamos entre otras cosas, que el producto llegue al lugar correcto, protegiendo al mismo tiempo el activo más importante del productor, que es su suelo. Y también nos permite ahorrar grandes cantidades de agua«.
«Esta combinación de I+D + drones + bioinsumos, representa una ventaja competitiva real para nosotros: mejora rendimientos, reduce costos y refuerza nuestro modelo productivo«. Agrega Basanta de Agro Sustentable, para Noticias Ambientales.
En definitiva, la tecnología para nosotros no es un fin en sí misma, sino un medio para acelerar la transición hacia una agricultura más regenerativa, eficiente y conectada basada en triple impacto, donde el conocimiento, la innovación y la sostenibilidad se integran como parte del mismo sistema.
El testimonio de las Empresas B en el triple impacto
El movimiento B Corp (Empresas B) sirve como termómetro de esta tendencia. Para obtener esta certificación, una empresa no solo debe demostrar su rentabilidad, sino someterse a una rigurosa auditoría que mide su impacto en cinco áreas: Gobernanza, Trabajadores, Clientes, Comunidad y Medio Ambiente.
Referentes de empresas agrícolas certificadas como B en Argentina señalan que la conversación en el sector ha cambiado. Ya no se discute si hay que ser sostenible, sino cómo lograrlo de manera eficiente y escalable.
Estas compañías pioneras están demostrando con sus balances que es posible liderar en productividad mientras se regenera el suelo, se protege la biodiversidad y se crean empleos de calidad en las comunidades rurales.
Las soluciones en el terreno con el triple impacto
¿Cómo se traduce esta «sostenibilidad» en la práctica agrícola? Las soluciones son tan diversas como los ecosistemas del país.
Agricultura Regenerativa: Más allá de «no dañar», este enfoque busca «mejorar» activamente el ecosistema. Mediante la rotación de cultivos, el uso de cultivos de cobertura y el pastoreo planificado, se recupera la materia orgánica del suelo, aumentando su fertilidad y su capacidad de secuestrar carbono.
Agroecología: Un enfoque integrado que diseña sistemas agrícolas inspirados en los ecosistemas naturales, minimizando el uso de insumos externos y promoviendo la biodiversidad funcional (insectos benéficos que controlan plagas).
Tecnología de Precisión: La sostenibilidad también es tecnológica. El uso de drones, sensores y GPS permite una «agricultura de precisión» que aplica la cantidad exacta de agua o nutrientes solo donde se necesita, reduciendo drásticamente el desperdicio y la contaminación.
Energías Renovables: Creciente instalación de paneles solares para el funcionamiento de sistemas de riego, tambos o secadoras de granos, reduciendo la huella de carbono y los costos operativos.
Impacto Social: El pilar social se manifiesta en la formalización del empleo rural, salarios justos, programas de desarrollo para las comunidades locales y la inclusión de pequeños productores en cadenas de valor más justas.
El desafío del triple impacto es grande y la transición requiere inversión, capacitación y un cambio de mentalidad. Sin embargo, la tendencia es clara.
El campo argentino, pilar histórico de la economía nacional, se encuentra ante la oportunidad de liderar una nueva revolución: la de demostrar que el mejor negocio del siglo XXI es cuidar el planeta y a su gente.